Antes que nada, quisiera decir
que El escarabajo y el hombre es uno
de los nombres de libros más bellos que recuerdo. Desde el título, el texto empieza
planteando el problema: el símil entre el hombre y un animalejo al que mira con
desdén. Esta reflexión es abordada a partir de una estructura en la que se
superponen dos historias muy diferentes entre sí y que en todo momento
funcionan de manera independiente.
La primera historia habla de un
escarabajo determinado a cruzar una calle para compartir una bola de preciado alimento
con los demás miembros de su colonia, narrada a través del dialogo entre dos personajes
que observan la travesía del insecto. La imagen es poderosa y muestra el devenir
de la vida humana, a merced de los caprichos de entidades que el hombre ni
siquiera imagina y para las cuales nuestros propósitos son intrascendentes y
hasta risibles. Hay que tener en cuenta que el alimento que el escarabajo
persiste en compartir con su colonia es una bola de mierda: para esas entidades
que ven el pequeño mundo del hombre como se ve el de un escarabajo, desde
arriba, nuestros propósitos, nuestros tesoros, nuestros sueños pueden ser solo
mierda. Repugnante, maloliente: mierda. Las reflexiones que preceden
a cada parte del diálogo terminan de configurar esta parte, la más lograda del
texto y que, en realidad, me parece suficiente para transmitir la intención del
autor.
La segunda historia (que ocupa la
mayor parte del libro) consiste en una narración de un joven (la contratapa
indica que es un estudiante universitario, aunque por el léxico no lo parece) sobre
distintas anécdotas de su vida a un exprofesor de colegio. Esta, hay que decirlo,
es la parte más floja del texto. Para comenzar, hay un marcado abuso de la
jerga callejera de Lima en la década de 1960. Esto entorpece la lectura a tal
punto que el lector se siente como si estuviera ante un libro escrito en fabla
o castellano antiguo. La jerga es un lenguaje demasiado localizado en el tiempo
y en el espacio. Yo, que soy un limeño de edad avanzada, conozco algunas de las
palabrejas, otras las pude intuir por el contexto y otras, sencillamente, no
las entendí. No quiero imaginarme el calvario que esta lectura podría
representar para, digamos, un costarricense de veinte años, por muy buen lector
que sea. Y eso en la parte de la forma, porque el fondo de la narración es un
galimatías conformado por historias de borracheras, burdeles y líos de esquina.
Ya no se revelan los profundos universos interiores de Los inocentes. Los personajes no retratan a seres humanos, sino a
caricaturas sin mayor contenido ni motivación más allá de esa superficialidad nocturna.
Y, conforme se suceden los capítulos todo sigue igual, la historia no progresa.
Aparecen más personajes: por allí, el autor hace un “cameo”, presentándose como el buen muchacho que les recuerda a sus amigotes que deben estudiar y abandonar las correrías… pero que está
atrapado en las mismas banalidades. Hay también otra caricatura a la que llaman
El Poeta e incluso el texto contiene dos
“poemas” de su autoría, los cuales tienen tanta calidad literaria como los
versos de twitter de César Brandon Ndjocu o los monólogos de Leonidas Carbajal
en Trampolín a la Fama. Y siguen corriendo las páginas y todo sigue siendo lo
mismo: más locas, más marocas y más cafiocas esquineritos; más cantinas (o son las mismas a las que van
más veces, da igual); la historia de La
Pota, una mujer disoluta que se enfrenta a la decadencia de sus encantos, que
puede ser cualquier otra caricatura similar esbozada por alguien que ha
conocido de vista a una persona en esa situación. Por allí hay una muerte (acaecida
en circunstancias de lo más estúpidas), pero esto no constituye ningún hito,
evento importante o elemento de cambio, y, más bien, se pierde entre las demás
anécdotas vacías. Y nada más: no hay fondo, no hay transformaciones, no hay
historia, no hay contexto ni mundos interiores. Y con respecto al escarabajo…
surge de la nada un Deus ex machina en
la figura de un joven frívolo que simplemente lo pisa y se va. Para el lector
solo queda la sensación de haber perdido el tiempo.
En resumen, El escarabajo y el hombre es un texto del que la mayor parte es
completamente prescindible. Lamento haberlo leído después de la muerte del
autor (a quien conocí y traté). Me hubiera gustado preguntarle qué motivaciones
había detrás de la publicación de esta historia. Seguiré recordando a Oswaldo
Reynoso como el gran autor de Los
inocentes. Demoré mucho tiempo en decidirme a escribir esta reseña, pero
creo que es necesaria. Es necesario leer con espíritu crítico aún a los grandes
maestros. Es parte del respeto y el cariño que se merecen la literatura y nuestros
más grandes autores.
La leí para mi curso de Literatura, quizá sería importante señalar lo que representan en realidad las distintas voces que se encuentran en la novela, y asociarlo con el ensayo de Bondy: Lima, la horrible.
ResponderEliminarQuizás, los otros dos mundos que se presentan en el libro son significativos, pero la parte que corresponde al joven que cuenta sus andanzas al profesor me parece estéril y efectista, además de repetitiva (o peor aun, estática). Quizás Reynoso solo quiso representar un vacío o una existencia sin horizontes, sin profundidad, no lo sé. Mucho más lograda en ese sentido me pareció La casa de cartón, de Martín Adán o, incluso, Los inocentes.
EliminarEn Los inocentes Lima está bien retratada, en todo su esplendor grotesco; los personajes (que también son jóvenes con un futuro incierto) tienen miedos, sentimientos, ideas, temores, un pasado, una motivación profunda. Aquí solo tienen borracheras, y ni siquiera una muerte los mueve. Son seres inertes, de cartón.
Gracias por comentar.
Un saludo.