Andrea:
Guapa, delgada, muy bien vestida (traje sastre, cartera, zapatos de tacón).
Entre treintaicinco y cuarenta años.
Piero:
Más o menos de la misma edad que Andrea. Viste de forma descuidada (como para
andar por casa). Barba de tres o cuatro días, algo de barriga.
Una
habitación pequeña. Hay una mesa enorme, llena de libros, cuadernos y papeles
apilados. Las paredes están abarrotadas con armarios. Una cama pequeña,
deshecha, y una computadora de modelo antiguo completan el mobiliario. La única
ventana del cuarto está cubierta con una cortina de color oscuro, de manera que
no se sabe si es de día o de noche.
Piero
está sentado ante la computadora, escribiendo, muy concentrado. No ve entrar a
Andrea.
Andrea:
Hola.
Piero:
¿Cómo entraste?
Andrea
(se sienta sobre la cama): Aún tengo la llave. Vine a ver cómo estás.
Piero:
¿A ver cómo estoy?... Te diré… Ni tan bien como dicen mis padres, ni tan mal
como dicen tus amigas.
Andrea:
Todo huele a cargado aquí. Voy a abrir la ventana.
Andrea busca el cordón de la cortina. La hubiera
abierto, pero el mecanismo está muy trabado.
Piero se levanta y le quita el cordón de las
manos. Se vuelve a sentar.
Piero:
No me gustan las cortinas abiertas. Me da la luz en los ojos.
Andrea:
No me hagas mucho caso, pero no sería mala idea que te dé un poco de luz del
día. Pareces un pez abisal, con su linterna sobre la nariz. ¿Hace cuánto tiempo
que no sales?
Piero:
No te importa.
Andrea:
¿Tres meses, cuatro meses?
Piero
(muy fastidiado): Salgo todos los días, ¿o qué crees?
Andrea:
A ver, ¿de qué color es la casa de enfrente?
Piero:
Rosada
Andrea:
Hace como dos años que derrumbaron esa casa. Están construyendo un edificio.
¡No sales hace dos años!
Piero:
En realidad, no salgo desde ese día, cuando terminamos. No es nada, simplemente
dejé de salir un día, y luego al siguiente, y al siguiente. Al final acabé
dándome cuenta de que en ningún otro sitio voy a estar tan en paz como aquí.
Andrea:
¿Y de qué vives?
Piero:
Hago traducciones, como siempre.
Andrea:
Traducciones… ¿y qué más?
Piero:
Nada más. Solo traducciones.
Andrea
(se echa en la cama, sin sacarse los zapatos, como holgazaneando): Es decir,
estás estancado. Tanto talento, tantos estudios, tanto esfuerzo para terminar
la maestría… y sigues encerrado en tu cuarto haciendo traducciones…
Piero
(de pie): No tengo que salir de casa, no tengo jefe, no tengo que coordinar con
nadie, no tengo nadie que me joda, encima me pagan bien… ¿Qué más puedo pedir?
Además, tú sigues en el mismo trabajo, por lo que veo. Tanto que decías que ya
habías hecho tu ciclo, que ya necesitabas crecer… No me vengas a hablar de
estancamiento…
Andrea
(se incorpora un poco): Piero… ¿crees que es fácil para mí echar por la borda una
carrera de doce años en la empresa?
Piero:
¿Con todo y el jefe que te acosaba?
Andrea:
No me acosaba en realidad… Solo que tenía un sentido del humor un poco… cómo te
digo…
Piero
(levantando la voz): Tú misma te quejabas de ese acosador. Tuve que ir a esperarlo
para que te deje en paz, ¿te acuerdas? Luego me dijiste no sé cuántas
estupideces; que me metía en tu vida, que era un celoso, un machista, un
controlador… hasta que me cortaste… ¿Cómo crees que me sentí con todo eso?
Andrea
(se vuelve a sentar, pone la cartera en el regazo): Es verdad. Yo iba a atacar
el tema de una forma diferente. Me estabas malogrando la vida…
Piero:
Me imagino que si te quedaste allí, fue porque se fue… ¿verdad?
Andrea:
En realidad, fue él quien me ascendió. Dice que soy su brazo derecho.
Piero
(con desdén): Brazo derecho… Brazo derecho… ¿solo eso o algo más? A ver,
levanta la mirada…
Andrea
(mirando al suelo): Yo tuve que… tuve que…
Piero
(remedándola): Tuve que… tuve qué… (Severo) Sé muy bien qué significa tu mirada
al suelo. ¡Tantos años, tanta felicidad contenida en este cuarto…! ¡Tres años
alimentándome de memorias…! Listo. Ya lo tengo claro.
Andrea
(al borde del llanto): No seas tan dura conmigo, por favor…
Piero:
No. Esto ya no tiene que ver contigo. Es solo que ya no me quiero quedar. Ya no
vale la pena estar encerrado aquí.
Piero
apaga la luz eléctrica; luego, abre la cortina y la ventana de par en par.
Entra, desbocada, la luz del sol. Sale de escena. Al poco tiempo aparece
peinado, afeitado y con ropa limpia.
Andrea
se quita los zapatos, deja la cartera en el suelo y se hace un ovillo en la
cama.
Piero:
¿Sabes qué? Voy a salir. Me hará muy bien respirar un poco de aire fresco.
Andrea:
Mientras estás fuera, si no te importa, me quedaré aquí. No tengo ganas de
salir.
Piero sale. Andrea cierra de nuevo la ventana y la cortina,
sin encender la luz. Se echa en la cama con los ojos abiertos, brillantes en la
semioscuridad, fijos en el vacío.
EL POBRECITO HABLADOR