jueves, 14 de diciembre de 2017

Esto no es una reseña – Apuntes sobre “This is not a film” de Jafar Panahi

A veces, cuando recoger los residuos de la vida de los demás se convierte en un consuelo invalorable o cuando se espera la cárcel con la misma tranquilidad con la que se afronta un mal día de trabajo, es cuando el impulso creativo se hace más potente, más difícil de esconder, más difícil de postergar. “Esto no es una película” explora todos los rincones del último refugio para la creatividad de Jafal Panahi en su arresto domiciliario, prohibido de filmar y escribir guiones, viendo el mundo a través de una pequeña ventana, acusado de tener en preparación una película contra el régimen iraní.

Yo creo en los estímulos emotivos y vivenciales como elementos poderosos para encontrar recursos creativos, para poder idear estrategias de producción que de otra manera no podrían siquiera advertirse. En este caso, la necesidad de referir que al menos se sueña con una película y el hecho de que las ideas no tengan barreras para nacer en la mente aunque las manos no tengan herramientas son las que llevan a Jafar a presentarse entre cuatro paredes hablando de todas las aristas que tendría la obra que parecerá real solo con la fuerza de la imaginación.

Esta danza con el fantasma de una película exige al espectador que participe de la construcción, que vea más allá de lo que Jafar puede mostrarle, que les ponga un rostro y una voz a los personajes, que encuentre paredes y escaleras en trozos de cinta adhesiva y ventanas en el respaldar de una silla, que sea parte del juego, parte del acto de imaginar el mundo.

El contexto de la realidad de Jafar está representado por las llamadas de su familia y sus abogados, por los medios de comunicación, por las explosiones y las luces de las celebraciones del Novruz, por el cariño de la traviesa iguana Igi. Los elementos de la realidad otorgan una configuración especial para desplegar lo que quiere que descubramos, lo que nosotros pondremos y nos llevaremos. Imaginemos la cuerda donde una persona encontrará el último refugio, la habitación donde se recibe una llamada, imaginemos qué podrían representan las llamas cuyo resplandor se hace gigante detrás de la puerta que debe permanecer cerrada: él no debe ser visto con una cámara. El artista no debe ser visto con su instrumento. No puede materializar, no puede realizar. Solo queda trazar y señalar. Más que un director, Panahi se convierte en un guía, en un líder. Marca el camino que los demás vamos a seguir.

Jafar afronta el encierro con una sonrisa, con una aparente tranquilidad. Recibe llamadas en las que le anuncian que irá a la cárcel, que ni siquiera se quedará en ese espacio tan personal del propio hogar, sin que siquiera asome una mueca sardónica a su rostro; pero, debajo de esa calma, uno puede sentir la angustia provocada por recorrer con los ojos las mismas paredes, por encontrarse con las mismas imágenes tras la ventana, el desconsuelo de no poder estar en las calles de su ciudad; las malditas ganas de saltar más allá de los muros, de remontar el aire. Extenderse por encima de los límites lo ha llevado a descubrir todas las posibilidades de la imaginación, utilizando como recurso para liberarse la propia angustia, el propio dolor.


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