lunes, 21 de enero de 2019

EL ESPEJO NÚMERO CIEN



UNO
Era una agitación inusual para un domingo en aquel pasillo del hospital más grande de la ciudad. Entre toda la gente que se encontraba en el enorme edificio destacaba un grupo de personas elegantemente vestidas y con rostros de honda preocupación.
-          Parte del trabajo era convivir con este riesgo – decía alguno.
-          Fue la duda – decía otro - . En el momento en que ya tenía todo resuelto, dudó… y eso originó todo.
-          No entiendo… había hecho eso tantas veces… Noventa y nueve veces… Nada menos… Justo ahora, en el que iba a ser su mejor momento…
Un médico salió de una de las puertas. Antes de que alguien pudiera preguntar algo se dirigió al ansioso grupo que se apresuraba a rodearlo.
-          Señores. Me temo que no hay nada que podamos hacer. Le quedan muy pocos minutos de vida.
-          ¿Y si lo trasladamos a otro lugar?
-          Moriría en el trayecto. Solo puedo pedirles que lo acompañen y lo reconforten en sus últimos momentos. Me parece que lo necesita.
-          Entonces, ¿está consciente?
-          No lo sé. Sus ojos están cerrados, no sé si puede escuchar; pero murmura, no sé qué murmura. Y se revuelve en el lecho.
-          ¿No será de dolor?
-          Más que de dolor, parece que es algún pensamiento que lo angustia. Solo les pediría que pasen a acompañarlo. Con mucho orden, por favor.
El grupo rodeó el lecho. Las mujeres lloraban en silencio. El Padre Abregú puso una mano sobre la frente del herido y empezó a murmurar una oración. Caía la tarde. Los resplandores anaranjados del sol se filtraban por las ventanas de los tétricos pasillos del hospital.


DOS
Tendría unos once años. Regresaba a casa después de haber vendido una de las cometas que hacía y que gustaban tanto a los chicos de los alrededores. Para ahorrar tiempo y llegar más rápido a hacer sus tareas, resolvió atravesar el descampado que en aquel entonces existía cerca de su casa y que se extendía casi hasta perderse de vista, interrumpiéndose de cuando en cuando por pequeños jardines, árboles y algunas matas de follaje espeso.
Se encontraba más o menos a la mitad del camino cuando escuchó un débil sonido. Al principio no le dio mucha importancia, solo dirigió la mirada hacia el lugar de donde le había parecido que este llegaba y se dispuso a seguir caminando, pero el sonido se hizo más nítido, más insistente. Era, sin duda, el maullido de un gato pequeño. Miró con más atención. Buscó por todas partes, pero no vio nada, a pesar de que parecía que el animalito lloraba a su mismo costado. Las luces de los postes se encendieron. Gracias a ellas, el niño pudo descubrir al gato en las ramas más altas de un árbol, donde quizás había encontrado un refugio contra el ataque de unos perros.
Se sacó la casaca. Trepó al árbol, y, con gran riesgo de caerse, descendió con el gatito en brazos. Tenía alrededor de unos tres meses. Era blanco, con unas manchas grises en el lomo y la cabeza. Lo llevó a casa y le dio un plato de leche. “Te llamaré Cometa”, le dijo. Le preparó una camita en una caja de madera a la que rellenó con retazos de frazadas viejas.
El niño no pudo evitar que los maullidos del pequeño Cometa llegaran a oídos de la esposa de su padre, que lo despertó apenas despuntó la madrugada. “Llévate de aquí a ese animal repugnante. Ahora mismo lo devuelves a la calle.” Por suerte era sábado. Echó mano de toda su habilidad y dedicó el día entero a adaptar la camita en algún lugar del descampado, de modo que se encontrara a salvo de la garúa y fuera del alcance de los perros.
Así nació esa amistad que trajo algo de luz a los días de su niñez de huérfano. Reservaba todos los días un poco de su comida para el gatito. Cuando ganaba un poco de dinero, podía llevarle algo adicional, como leche o pescado en conserva. Cometa era su mejor compañero de juegos y el único que pudo escuchar todas aquellas cosas que el niño no tenía nadie más a quién contar; sobre el colegio, sobre la esposa de su padre, sobre los muy pocos recuerdos que tuvo de su mamá…
Hubo momentos de gran alegría, como cuando encontró una pelota de tenis. Era muy divertido ver los saltos del gatito para quedarse con ella, como si se tratara de un agilísimo arquero de fútbol; o quizás, el día más feliz de la vida del chiquillo, cuando tras mucho tiempo de ahorrar, llevó a Cometa al consultorio del veterinario para que recibiera su vacuna. En casa, mientras hacía las tareas, de rato en rato, miraba la cartilla, con la fecha de vacunación y el nombre: “Cometa”. Su pequeño amigo crecía sano y fuerte. Así pasaron varios meses.
Un día, el niño demoró un poco más de lo habitual. Las tareas del colegio habían estado especialmente difíciles. Cuando terminó de hacerlas, salió a buscar al gato. Por el camino, compró una lata de conserva. “Es un gato fuerte, va a ser todo un reto” dijo una voz en medio del descampado. Cuando el chico llegó, vio que una pandilla de gamberros tenía atrapado a Cometa. El jefe de la banda, le arrojó una navaja a uno de ellos. “Si quieres ser parte del grupo, tienes que matar al gato. Pero quiero ver sufrimiento, quiero ver si eres capaz de hacer todo lo que te digamos, sin piedad”. El niño trató de defender a su amigo, pero sus infantiles fuerzas no pudieron hacer nada contra el grupo de delincuentes. Dos de ellos lo atraparon por los brazos y lo obligaron a presenciar todo el ensañamiento con el que mutilaron al pequeño animal durante mucho tiempo. A pesar de sus gritos, nadie acudió. Cometa luchó por su vida con bravura y dignidad. Al final, el “iniciado” cortó la cabeza del animalito y la arrojó a los pies del niño.
Los gamberros se fueron, celebrando su hazaña a grandes voces y bebiendo sorbos de una botella de licor, que pasaba de mano en mano. El niño quedó solo con el cadáver de su amigo. Depositó el cuerpecito inerte en la camita y lo enterró junto a su pelotita de tenis y su cartilla de vacunación. Una cruz de carrizo con el nombre “Cometa” permaneció durante mucho tiempo en el descampado, mientras este existió.
  

TRES
Durante mucho tiempo, el único pálido consuelo que el niño encontró fue que su amigo había luchado con valor. Que no se rindió nunca. Recordó la mirada de ferocidad en el rostro de Cometa cuando acertó a dar un poderoso zarpazo en la cara de uno de sus atacantes.
Con los años, cerró la herida recubriéndose de frialdad e insensibilidad. Parecía haberlo logrado, él lo creía así, hasta ese día en que el niño, ya convertido en hombre, se hallaba ante el toro número cien de su carrera. El que lo llevaría a estar en el grupo de los grandes toreros de la historia. Había hecho su mejor faena, a decir de los expertos. Era el momento de la estocada final. Se preparó. Se deslizó con ese estilo que le era tan característico pero vio, en los ojos del toro, la misma mirada de Cometa, enfrentándose a los delincuentes. Dudó. Erró la estocada y recibió una cornada, de lleno, en medio del abdomen. Mientras perdía el conocimiento, en un destello de lucidez vio a la cuadrilla rodear al toro y terminar con su vida. No pudo ver más.
El torero vio ante sí cien espejos. En todos ellos se vio como un gamberro con traje de luces y espada de matador. En todos ellos vio a sus pies a Cometa, muerto por su mano y, detrás, al mundo de los aficionados taurinos entregándole el premio reservado para los toreros caídos en el noble arte de la tortura, diciéndole que lo aceptaban en el grupo de los más gloriosos asesinos de la arena. Lanzó el premio al suelo. Con rabia. Que se hiciera mil pedazos. Hubiera dado cualquier cosa por volver a ser ese niño capaz de rescatar a un gatito abandonado, de hacerle una casita, de ahorrar durante mucho tiempo para  llevarlo a vacunar.
 “Perdóname Cometa”, lo escucharon decir las personas que se encontraban alrededor de su lecho. Se vio una vez más, en el descampado. Vio al pequeño gato con el mismo aspecto de cuando lo encontró. El hombre lo tomó en sus brazos. Ambos escucharon un ruido entre la maleza, alguien más se asomó; porque unos años atrás, en un pueblo de la sierra, un niño también le había puesto de nombre Cometa a un vivaracho y cariñoso becerro, el toro número cien… que se unió a sus dos amigos con esa bondad infinita de la que solo son capaces los animales. Los tres caminaron juntos por el descampado hasta perderse de vista.
El hombre murió con una sonrisa de niño en el rostro. Sé que descansa en paz.

domingo, 30 de diciembre de 2018

Apuntes sobre "El escarabajo y el hombre" de Oswaldo Reynoso


Antes que nada, quisiera decir que El escarabajo y el hombre es uno de los nombres de libros más bellos que recuerdo. Desde el título, el texto empieza planteando el problema: el símil entre el hombre y un animalejo al que mira con desdén. Esta reflexión es abordada a partir de una estructura en la que se superponen dos historias muy diferentes entre sí y que en todo momento funcionan de manera independiente.

La primera historia habla de un escarabajo determinado a cruzar una calle para compartir una bola de preciado alimento con los demás miembros de su colonia, narrada a través del dialogo entre dos personajes que observan la travesía del insecto. La imagen es poderosa y muestra el devenir de la vida humana, a merced de los caprichos de entidades que el hombre ni siquiera imagina y para las cuales nuestros propósitos son intrascendentes y hasta risibles. Hay que tener en cuenta que el alimento que el escarabajo persiste en compartir con su colonia es una bola de mierda: para esas entidades que ven el pequeño mundo del hombre como se ve el de un escarabajo, desde arriba, nuestros propósitos, nuestros tesoros, nuestros sueños pueden ser solo mierda. Repugnante, maloliente: mierda. Las reflexiones que preceden a cada parte del diálogo terminan de configurar esta parte, la más lograda del texto y que, en realidad, me parece suficiente para transmitir la intención del autor.

La segunda historia (que ocupa la mayor parte del libro) consiste en una narración de un joven (la contratapa indica que es un estudiante universitario, aunque por el léxico no lo parece) sobre distintas anécdotas de su vida a un exprofesor de colegio. Esta, hay que decirlo, es la parte más floja del texto. Para comenzar, hay un marcado abuso de la jerga callejera de Lima en la década de 1960. Esto entorpece la lectura a tal punto que el lector se siente como si estuviera ante un libro escrito en fabla o castellano antiguo. La jerga es un lenguaje demasiado localizado en el tiempo y en el espacio. Yo, que soy un limeño de edad avanzada, conozco algunas de las palabrejas, otras las pude intuir por el contexto y otras, sencillamente, no las entendí. No quiero imaginarme el calvario que esta lectura podría representar para, digamos, un costarricense de veinte años, por muy buen lector que sea. Y eso en la parte de la forma, porque el fondo de la narración es un galimatías conformado por historias de borracheras, burdeles y líos de esquina. Ya no se revelan los profundos universos interiores de Los inocentes. Los personajes no retratan a seres humanos, sino a caricaturas sin mayor contenido ni motivación más allá de esa superficialidad nocturna. Y, conforme se suceden los capítulos todo sigue igual, la historia no progresa. Aparecen más personajes: por allí, el autor hace un “cameo”, presentándose como el buen muchacho que les recuerda a sus amigotes que deben estudiar y abandonar las correrías… pero que está atrapado en las mismas banalidades. Hay también otra caricatura a la que llaman El Poeta e incluso el texto contiene dos “poemas” de su autoría, los cuales tienen tanta calidad literaria como los versos de twitter de César Brandon Ndjocu o los monólogos de Leonidas Carbajal en Trampolín a la Fama. Y siguen corriendo las páginas y todo sigue siendo lo mismo: más locas, más marocas y más cafiocas esquineritos; más cantinas (o son las mismas a las que van más veces, da igual); la historia de La Pota, una mujer disoluta que se enfrenta a la decadencia de sus encantos, que puede ser cualquier otra caricatura similar esbozada por alguien que ha conocido de vista a una persona en esa situación. Por allí hay una muerte (acaecida en circunstancias de lo más estúpidas), pero esto no constituye ningún hito, evento importante o elemento de cambio, y, más bien, se pierde entre las demás anécdotas vacías. Y nada más: no hay fondo, no hay transformaciones, no hay historia, no hay contexto ni mundos interiores. Y con respecto al escarabajo… surge de la nada un Deus ex machina en la figura de un joven frívolo que simplemente lo pisa y se va. Para el lector solo queda la sensación de haber perdido el tiempo.

En resumen, El escarabajo y el hombre es un texto del que la mayor parte es completamente prescindible. Lamento haberlo leído después de la muerte del autor (a quien conocí y traté). Me hubiera gustado preguntarle qué motivaciones había detrás de la publicación de esta historia. Seguiré recordando a Oswaldo Reynoso como el gran autor de Los inocentes. Demoré mucho tiempo en decidirme a escribir esta reseña, pero creo que es necesaria. Es necesario leer con espíritu crítico aún a los grandes maestros. Es parte del respeto y el cariño que se merecen la literatura y nuestros más grandes autores.

jueves, 14 de diciembre de 2017

Esto no es una reseña – Apuntes sobre “This is not a film” de Jafar Panahi

A veces, cuando recoger los residuos de la vida de los demás se convierte en un consuelo invalorable o cuando se espera la cárcel con la misma tranquilidad con la que se afronta un mal día de trabajo, es cuando el impulso creativo se hace más potente, más difícil de esconder, más difícil de postergar. “Esto no es una película” explora todos los rincones del último refugio para la creatividad de Jafal Panahi en su arresto domiciliario, prohibido de filmar y escribir guiones, viendo el mundo a través de una pequeña ventana, acusado de tener en preparación una película contra el régimen iraní.

Yo creo en los estímulos emotivos y vivenciales como elementos poderosos para encontrar recursos creativos, para poder idear estrategias de producción que de otra manera no podrían siquiera advertirse. En este caso, la necesidad de referir que al menos se sueña con una película y el hecho de que las ideas no tengan barreras para nacer en la mente aunque las manos no tengan herramientas son las que llevan a Jafar a presentarse entre cuatro paredes hablando de todas las aristas que tendría la obra que parecerá real solo con la fuerza de la imaginación.

Esta danza con el fantasma de una película exige al espectador que participe de la construcción, que vea más allá de lo que Jafar puede mostrarle, que les ponga un rostro y una voz a los personajes, que encuentre paredes y escaleras en trozos de cinta adhesiva y ventanas en el respaldar de una silla, que sea parte del juego, parte del acto de imaginar el mundo.

El contexto de la realidad de Jafar está representado por las llamadas de su familia y sus abogados, por los medios de comunicación, por las explosiones y las luces de las celebraciones del Novruz, por el cariño de la traviesa iguana Igi. Los elementos de la realidad otorgan una configuración especial para desplegar lo que quiere que descubramos, lo que nosotros pondremos y nos llevaremos. Imaginemos la cuerda donde una persona encontrará el último refugio, la habitación donde se recibe una llamada, imaginemos qué podrían representan las llamas cuyo resplandor se hace gigante detrás de la puerta que debe permanecer cerrada: él no debe ser visto con una cámara. El artista no debe ser visto con su instrumento. No puede materializar, no puede realizar. Solo queda trazar y señalar. Más que un director, Panahi se convierte en un guía, en un líder. Marca el camino que los demás vamos a seguir.

Jafar afronta el encierro con una sonrisa, con una aparente tranquilidad. Recibe llamadas en las que le anuncian que irá a la cárcel, que ni siquiera se quedará en ese espacio tan personal del propio hogar, sin que siquiera asome una mueca sardónica a su rostro; pero, debajo de esa calma, uno puede sentir la angustia provocada por recorrer con los ojos las mismas paredes, por encontrarse con las mismas imágenes tras la ventana, el desconsuelo de no poder estar en las calles de su ciudad; las malditas ganas de saltar más allá de los muros, de remontar el aire. Extenderse por encima de los límites lo ha llevado a descubrir todas las posibilidades de la imaginación, utilizando como recurso para liberarse la propia angustia, el propio dolor.


domingo, 10 de diciembre de 2017

Apuntes sobre Bertolt Brecht

A veces asoma una sonrisa maliciosa a mi rostro cuando pienso en las ilusiones de los ingenuos que pretendieron cambiar el mundo. Goethe, a la cabeza del «Sturm und drang», pretendió iniciar una revolución que explosionara en las vísceras de los jóvenes sensibles de su tiempo. Sus seguidores por aquel camino de piedras brillantes se sintieron capaces de llevar a un primer plano sus mundos subjetivos, creyeron tener el poder para gritar el malestar de sus contemporáneos, iniciaron corrientes literarias y musicales, inspiraron grandes revoluciones, contaron historias terroríficas... ¿Para qué? Si pudieran ver en qué acabaron sus sueños, tanto hubiera valido que se suicidaran después de leer ese culebrón envenenado sobre los amores del tal Werther.

Años más tarde, Bertolt Brecht quiso hacer del teatro un arma para despertar a las masas. Podríamos imaginarlo por las calles de Augsburgo, llevando bajo el brazo un ejemplar atrasado del periódico “Bandera roja”, siguiendo apasionadamente la evolución de la revuelta espartaquista, estremeciéndose de entusiasmo en medio del desconcierto alemán después de esa guerra que nadie entendió y todos perdieron. «Es una falsedad que el socialismo surgirá automáticamente de la lucha diaria de la clase trabajadora. El socialismo será consecuencia de las crecientes contradicciones de la economía capitalista y la convicción de la clase trabajadora de la inevitabilidad de esas contradicciones a través de una transformación social»[1]. Tras leer estas líneas de Rosa Luxemburgo, el joven Bertolt se dedicó a forjar esa convicción en la clase trabajadora, usó su arte, usó una historia que su entorno conocía en carne viva: la del soldado que regresa del frente para ver que nada tiene sentido, que solo una revolución le devolverá la dignidad de ser humano. Pero no solo fue la historia, la forma misma de presentar el drama; los carteles que aparecían, las canciones que cortaban el flujo de los sentimientos que las historias podrían estar generando; los actores que hablaban en un idioma sencillo y se comportaban sin afectación. El público reconocía elementos del teatro popular, de las ferias y las verbenas. Los gestos eran usados para representar las actitudes de los personajes de manera verosímil, para que el actor no necesite involucrarse en lo que se está desarrollando. Las tramas estaban llenas de opciones, entre las cuales los personajes deben decidir entre ideas contrapuestas. Los espectadores debían estar lejos del sueño de la ficción, tenían que juzgar, que interpretar, que tomar partido, tenían que ser conscientes de lo que estaba desarrollándose ante sus ojos, debían haber dado un paso más hacia el refuerzo de sus convicciones. Los principales líderes de la revuelta espartaquista murieron, llegaron los tiempos de la República de Weimar, la inflación, las penurias, poco después, la recuperación económica y los tratados comerciales… Durante todo ese proceso, Brecht seguía desarrollando sus ideas. Nacieron sus obras maestras, la Ópera de tres centavos, Un hombre es un hombre. La crítica perdía todos los asideros que conocía para poder calificar su estilo teatral. Fueron los años en que los movimientos socialdemócratas adquirían mayor representatividad en la vida política de Alemania, pero la depresión de 1929 (¿obra de las contradicciones del sistema capitalista?) y la fragilidad de la recuperación alemana pusieron al país en las garras de un enorme peligro. Pocos días antes de morir, en 1929, el gran estadista Gustav Stresemann había vaticinado lo que estaba en camino: «Si los Aliados hubieran venido a verme una sola vez, habría tenido al pueblo detrás de mí y sí, todavía hoy podría hacerlo. Pero no me han dado nada y las más pequeñas concesiones que han hecho han venido siempre demasiado tarde. Así, no nos queda nada más que la violencia bruta. El porvenir está en manos de las nuevas generaciones y esta, la juventud alemana, que habríamos podido sumar a nuestra causa por la paz y la reconstrucción, la hemos perdido. Esta es mi tragedia y vuestro crimen, el de vosotros los Aliados».

En la década de 1930, Brecht tuvo que exiliarse para ponerse a salvo de la brutalidad nazi; llegó a Escandinavia, luego a los Estados Unidos, donde pudo librarse de ser víctima del macarthismo gracias a su ingenio; para morir en Berlín Este, en Alemania Oriental. Fue una vida entregada a una causa, en la que sus métodos en el arte dramático fueron desarrollados en función de sus convicciones. Pero qué podría decir de las ideas que abrazó. Para este socialista sin partido, nostálgico de la revolución que vivió en su juventud, qué podrían haber significado las purgas estalinistas, la colectivización de los campos soviéticos, las ejecuciones. Qué pudo haber sentido al ver la represión del levantamiento de 1953, al ver a los obreros muertos a lo largo de la avenida Unter der Linden o alrededor de la Potsdamer Platz, víctimas de las balas soviéticas y de la propia policía del pueblo. Qué habrá pensado él, quizás víctima de la Stasi en sus últimos días. No vivió para ver el aplastamiento de Hungría, ni el gran salto hacia adelante, en el que decenas de millones de chinos se precipitaron al abismo del hambre, ni el muro de Berlín, ni la Primavera de Praga, ni las excentricidades y las demoliciones de Nicolae Ceaucescu. ¿Para eso servirían sus ideales, sus innovaciones en el arte dramático? ¿Para la construcción de esos Estados policiales, como el que, tal vez, lo mató? ¿Para eso sirvió el martirio de Rosa Luxemburgo, de Karl Liebknecht? ¿Para eso sirven los sueños?

¿Vale la pena luchar por un mundo mejor, desarrollar teorías, escribir? ¿Valen la pena las ideas? Los seres humanos son como las harpías, que devoran todo lo que encuentran a su paso y lo que no pueden comer lo cubren con sus excrementos. Lo están haciendo con los recursos de nuestro planeta moribundo… y también lo hacen con los ideales de cualquier tipo. Yo mismo, hace unos meses hablaba de amor y manifiestos, ahora he decidido escribir para mí. Al final, lo más seguro es que sea apreciado superficialmente, como hizo Bajtín con la obra de Gógol, reduciendo su ironía, su malicia y su oscuridad a una risa de plazuela, de cómico populachero. Ya estoy cansado y mi cansancio no es reparador ni creativo como predica Byung-Chul Han, es el cansancio del hastío, del hartazgo, del que ha perdido la fe en las personas, en los ideales, en los proyectos; es el cansancio de quien busca a Dios y arriba solo ve un cielo cubierto de suciedad, el cansancio de quien tiene que pasar la mayor parte de su vida en la zona financiera de la ciudad, entre el humo de los autos y el olor del escape de los retretes de enormes edificios, en medio de gente con traje y corbata que solo piensa en hacer dinero. Es el cansancio del que amaba con todo el corazón, del que se vestía de negro para diluirse en la belleza de un mundo oscuro que traería algo de poesía a nuestra ciudad. Ya ni eso me importa. No veo, no escucho, uso los audífonos cada vez más, hablo cada vez menos.

Muertos los sueños, solo me queda estar a un lado del camino para ver caer las ilusiones de los demás, para ver las lágrimas en otros rostros con un gesto brechtiano de burla. Estoy sentado, contemplando desde afuera el espectáculo de la degradación humana. Ya pasó la época de la lucha, del amor y el buen corazón. No sirven. Por mí, que se mueran todos.



[1] Rosa Luxemburgo, «Reforma o revolución» https://www.marxists.org/espanol/luxem/1900/reform-revol.htm

jueves, 11 de mayo de 2017

Apuntes sobre “Primera muerte de María” (J.E. Eielson)

Primera muerte de María es un ejemplo perfecto de novela escrita por un poeta. Tiene la estructura de un poema largo, en el que los inmensos temas del amor, la muerte, la desilusión, la tristeza e incluso la vida del autor se enhebran más por los sentimientos involucrados que por una secuencia narrativa.
Un aspecto muy importante de la novela está relacionado con la construcción de los personajes, en especial, el de María Magdalena Pacheco, escindida entre las personalidades de la tierna María que recorre el camino de sus sucesivas historias de amor y Lady Ciclotrón, que se convierte en un acelerador de partículas mientras danza en un club nocturno acariciada por la voz de Frank Sinatra. En esta última faceta, se trata de una mujer dura, llena de asco por los hombres que contemplan su acto de desnudismo con la esperanza de poseer su cuerpo, por lo menos con los ojos. En esta María se mezclan la frustración por tener que dedicarse a este acto y el natural desprecio de las mujeres por los hombres entregados y suplicantes. Es esta escisión la que hace que el personaje adquiera esa carga de misterio y oscuridad que marca de forma determinante el transcurrir de la novela. En general, los personajes cargan sobre sus hombros frustraciones, dolores y derrotas que, lejos de apagarse, se amplían en sus almas conforme pasa el tiempo. Son personajes marcados por un signo trágico, como si fueran elementos infinitesimales arrastrados por el devenir hacia la decadencia del país entero con que se inicia la novela.
También se nota este aliento propio de la poesía en la simbología relacionada con los colores: El morado se apodera de las prendas que cubren la mítica desnudez de Lady Ciclotrón, de la espiritualidad tradicional, de la sangre en el momento de la muerte de María, de la atmósfera bajo la que se desarrolla toda la novela. Otro ente impregnado con símbolos es el mar: proveedor de vida, pero también causante de la muerte; el mar al que el destino de los personajes está inevitablemente ligado.
El elemento relacionado con las páginas de diarios del autor, en las que revela algunos aspectos propios del proceso creativo permite un acercamiento a todos los motivos que lo impulsaron a escribir cada parte de la novela, a contar la historia de cada personaje, a hablar de algún aspecto que lo haya conmovido especialmente. Gracias a estas líneas pudimos conocer que, en buena parte, el leitmotiv de J.E. Eielson fue escribir una historia emparentada con la costa peruana. Es una manera de impregnar la historia con esa carga vivencial y de esa manera, convertir al creador en un ser mucho más próximo. De acuerdo con John Gardner, el riesgo de la inserción de elementos metaliterarios es que «interrumpen el sueño de la ficción»[1], pero en este caso la interrupción no se da por entero debido a que también las páginas insertadas, a pesar de estar escritas con un lenguaje diferente, mantienen la melancólica atmósfera de la historia.
Terminaré esta reseña refiriéndome a los aspectos relacionados con el sexo y el amor. Por momentos, el sexo es tratado en la novela con ribetes de visceralidad, sin que esto signifique necesariamente alguna carga de violencia: «hubiera querido adorar sus intestinos, abrazar y besar sus riñones, su hígado, su corazón, sus pulmones» (p. 68), sino que toma más bien el camino de las otras dimensiones del amor en todas las historias de esta novela: Amores trágicos, oscuros; amores que quieren sanar y hieren; amores que atrapan a la víctima hasta que termina destruida, como si tuvieran la forma de la trampa de una hormiga león.



[1] John Gardner, «El arte de escribir novelas»

domingo, 22 de mayo de 2016

Apuntes sobre Tarnation – Jonathan Caouette (2003)

«Don't go on the patio.
Beware of the pool, blue bottomless pool.
It leads you straight right throught the gate
that opens on the pool».

The B-52’s “Private Idaho”

Todos los elementos para la construcción de Tarnation apuntan a un gran objetivo: El viaje hacia el centro del universo, o mejor dicho, el infierno personal de Jonathan Caouette. En este documental, viaje de internamiento y reconstrucción, el autor es capaz de  transmitir toda la crudeza, toda la amargura, todo el contenido de los más sórdidos rincones de su alma; apoyándose, desde mi punto de vista, en dos factores muy relacionados entre sí: La ética post-punk del "Do it yourself" y “la poética del Yo”.

En una entrevista, el pintor español José Alfonso Morera Ortiz, conocido como “El Hortelano”, manifestó que «si realmente eres artista, lo más importante en el arte es tener un mundo interior propio (…) para el artista que tiene que expresar un mundo, lo menos importante es la técnica, lo importante es tener el corazón abierto para expresar el mundo de una manera que solamente puedes hacer tú»[1]. Esta ética de trabajo es una de las primeras cosas que puede advertirse en el documental. Este trabajo está construido sobre la base de diversas calidades de video, las cuales, en ocasiones, se superponen violentamente. Caouette ha organizado sobre la marcha su propio sistema de edición y desarrollo de la historia, encuadrándose, de esta forma, en la práctica del “Do it yourself”, la cual suele relacionarse con el movimiento punk. Sin embargo, la forma de asumir esta ética por parte de Caouette es mucho más cercana al post punk, con la etérea complejidad de sus emociones, con su sensibilidad experimentalista, y con el tenebroso ambiente de degradación y marginalidad en la que el autor-protagonista se sumerge. No es en vano que sus incursiones en el cine underground se produzcan a partir de sus salidas a un club new wave, etapa que, en el documental, es narrada teniendo como fondo la doliente música de Cocteau Twins; ni que manifieste en algún momento encontrarse en su “Idaho privado”, clara alusión a un tema de la banda new wave The B-52’s que habla de amenazantes piscinas sin fondo y de caminos que es mejor no recorrer. Las inserciones de escenas correspondientes a estos trabajos fílmicos de la adolescencia permiten observar que muchas de sus características permanecen en el documental como parte de la “poética visual” del autor: la estética fragmentada, las imágenes grotescas e impactantes, las mórbidas tinieblas de sus ambientes.

Otro aspecto importante que se debe tener en cuenta al hablar de Tarnation es el de la “poética del Yo”. El documental se centra en el universo personal de Caouette, la historia de su familia, la enfermedad mental de su madre; las múltiples dificultades que encontró el mismo Jonathan a lo largo de su vida, los abusos, las vejaciones, el trastorno de despersonalización, la pérdida de la capacidad de concentración que sufre como producto de un “mal viaje” con las drogas sintéticas; la angustia, de la que puede dar cuenta, incluso aquella escena en que, a los once años, asume el papel de una mujer maltratada que se ve en la necesidad de asesinar a su marido, perturbadora por su intensidad y coherencia; las incursiones adolescentes en el punk y el cine underground, circunstancias que serían determinantes en la reconstrucción personal de Jonathan en su etapa adulta;  el reencuentro con su padre, ausente durante los momentos más duros de la vida y, finalmente, la afirmación sobre su propio suelo, cuidando de su abuelo, sus padres y su pareja. Esta trayectoria está documentada con una honestidad brutal y poderosa, con una autoafirmación en todas las aristas de su universo interior: la homosexualidad, las fantasías autodestructivas, la batalla contra las drogas, el dolor, la sensación de que su vida no tiene otro camino más que la ruina. Había apuntado alguna vez que la potencia de esta “poética del Yo” es directamente proporcional a la riqueza de cada mundo interior[2], pues bien, en este caso, se trata de un triunfo magistral dentro de esta corriente. Todas las dimensiones de la riqueza de esta historia son aprovechadas para conformar una obra original, auténtica y ambiciosa (y en esta palabra, creo que se resalta la principal característica de Caouette como creador: la ambición), digna de los mejores narradores norteamericanos.

El documental es una fuente de inspiración para los creadores que quieren explorar la marginalidad y la degradación, pero también la resiliencia y la valentía del ser humano. Es una inspiración para quienes necesitan internarse en los más oníricos rincones de la mente y las emociones, pero no con afanes de autoindulgencia onanista, sino para poder abarcar el mundo interior de un ser humano en toda su complejidad. Es importante notar, además, que uno de los aspectos centrales de la reconstrucción personal de Jonathan como personaje es este afán de buscar las respuestas en su historia personal. En alguna escena puede observarse la confrontación entre esta actitud del autor-protagonista y la de su madre, que quisiera olvidar el pasado, dejarlo atrás, para terminar arrastrando la ominosa carga de recuerdos, remordimientos y frustraciones que la llevaron a la sobredosis de litio, detonante de esta historia. Más allá de eso, es una obra maestra. Es imposible sentarse ante esta filmación sin sentir el desasosiego, el temor y el dolor que transmite Jonathan Caouette. Es imposible permanecer indiferente ante las escenas que se van desarrollando. Tarnation abrasa, abraza, envuelve y destruye. Es una caótica cascada de imágenes que, sin embargo, conforman una sola corriente, un solo alud entre las montañas. El espectador no puede dejar de sentirse turbado ante la potencia de la historia, no puede evitar abandonarse a la locura, al descontrol, a perderse dentro del caleidoscopio gótico-etéreo de la obra que se desarrolla ante sus ojos y que desborda los límites de lo comprensible. Este espectador no será el mismo ser humano después de esta experiencia visual.

Pueden verlo aquí: 
http://palabradepezabisal.blogspot.pe/2013/11/tarnation-jonathan-caouette-2004.html

lunes, 1 de junio de 2015

HAMLET EN AUTOMÁTICO

En la carpeta de la universidad donde me senté durante una clase, estaba escrito "Hamlet" con lápiz. Un poco más allá estaba escrito "estoy en automático". Algo se activó en mi cabeza y escribí esto:

HAMLET EN AUTOMÁTICO

No ser. Para mí es mejor no ser.
Con eso estaré bien.
Lo que quiero es dejar de ver fantasmas.
No quiero ser.
No quiero ser rey,
no quiero ser nada.
Que mi padre no aparezca,
que los guardias no murmuren
y si murmuran, que no sea de mí.
No, no quiero ser.
Quiero dormir tranquilo.
Quiero dormir.
Quiero dormir...
(Gustavo Vargas, últimos días de mayo 2015)