A veces asoma una sonrisa maliciosa a mi rostro
cuando pienso en las ilusiones de los ingenuos que pretendieron cambiar el
mundo. Goethe, a la cabeza del «Sturm und
drang», pretendió iniciar una revolución que explosionara en las vísceras
de los jóvenes sensibles de su tiempo. Sus seguidores por aquel camino de
piedras brillantes se sintieron capaces de llevar a un primer plano sus mundos
subjetivos, creyeron tener el poder para gritar el malestar de sus
contemporáneos, iniciaron corrientes literarias y musicales, inspiraron grandes
revoluciones, contaron historias terroríficas... ¿Para qué? Si pudieran ver en
qué acabaron sus sueños, tanto hubiera valido que se suicidaran después de leer
ese culebrón envenenado sobre los amores del tal Werther.
Años más tarde, Bertolt Brecht quiso hacer del
teatro un arma para despertar a las masas. Podríamos imaginarlo por las calles
de Augsburgo, llevando bajo el brazo un ejemplar atrasado del periódico
“Bandera roja”, siguiendo apasionadamente la evolución de la revuelta
espartaquista, estremeciéndose de entusiasmo en medio del desconcierto alemán
después de esa guerra que nadie entendió y todos perdieron. «Es una falsedad que el socialismo surgirá
automáticamente de la lucha diaria de la clase trabajadora. El socialismo será
consecuencia de las crecientes contradicciones de la economía capitalista y la
convicción de la clase trabajadora de la inevitabilidad de esas contradicciones
a través de una transformación social».
Tras leer estas líneas de Rosa Luxemburgo, el joven Bertolt se dedicó a forjar
esa convicción en la clase trabajadora, usó su arte, usó una historia que su
entorno conocía en carne viva: la del soldado que regresa del frente para ver
que nada tiene sentido, que solo una revolución le devolverá la dignidad de ser
humano. Pero no solo fue la historia, la forma misma de presentar el drama; los
carteles que aparecían, las canciones que cortaban el flujo de los sentimientos
que las historias podrían estar generando; los actores que hablaban en un idioma
sencillo y se comportaban sin afectación. El público reconocía elementos del
teatro popular, de las ferias y las verbenas. Los gestos eran usados para
representar las actitudes de los personajes de manera verosímil, para que el
actor no necesite involucrarse en lo que se está desarrollando. Las tramas estaban
llenas de opciones, entre las cuales los personajes deben decidir entre ideas
contrapuestas. Los espectadores debían estar lejos del sueño de la ficción,
tenían que juzgar, que interpretar, que tomar partido, tenían que ser
conscientes de lo que estaba desarrollándose ante sus ojos, debían haber dado
un paso más hacia el refuerzo de sus convicciones. Los principales líderes de
la revuelta espartaquista murieron, llegaron los tiempos de la República de
Weimar, la inflación, las penurias, poco después, la recuperación económica y
los tratados comerciales… Durante todo ese proceso, Brecht seguía desarrollando
sus ideas. Nacieron sus obras maestras, la Ópera
de tres centavos, Un hombre es un
hombre. La crítica perdía todos los asideros que conocía para poder
calificar su estilo teatral. Fueron los años en que los movimientos
socialdemócratas adquirían mayor representatividad en la vida política de
Alemania, pero la depresión de 1929 (¿obra de las contradicciones del sistema
capitalista?) y la fragilidad de la recuperación alemana pusieron al país en
las garras de un enorme peligro. Pocos días antes de morir, en 1929, el gran
estadista Gustav Stresemann había vaticinado lo que estaba en camino: «Si los Aliados hubieran venido a verme una
sola vez, habría tenido al pueblo detrás de mí y sí, todavía hoy podría
hacerlo. Pero no me han dado nada y las más pequeñas concesiones que han hecho
han venido siempre demasiado tarde. Así, no nos queda nada más que la violencia
bruta. El porvenir está en manos de las nuevas generaciones y esta, la juventud
alemana, que habríamos podido sumar a nuestra causa por la paz y la
reconstrucción, la hemos perdido. Esta es mi tragedia y vuestro crimen, el de
vosotros los Aliados».
En la década de 1930, Brecht tuvo que exiliarse para
ponerse a salvo de la brutalidad nazi; llegó a Escandinavia, luego a los
Estados Unidos, donde pudo librarse de ser víctima del macarthismo gracias a su
ingenio; para morir en Berlín Este, en Alemania Oriental. Fue una vida
entregada a una causa, en la que sus métodos en el arte dramático fueron
desarrollados en función de sus convicciones. Pero qué podría decir de las
ideas que abrazó. Para este socialista sin partido, nostálgico de la revolución
que vivió en su juventud, qué podrían haber significado las purgas
estalinistas, la colectivización de los campos soviéticos, las ejecuciones. Qué
pudo haber sentido al ver la represión del levantamiento de 1953, al ver a los
obreros muertos a lo largo de la avenida Unter der Linden o alrededor de la
Potsdamer Platz, víctimas de las balas soviéticas y de la propia policía del
pueblo. Qué habrá pensado él, quizás víctima de la Stasi en sus últimos días.
No vivió para ver el aplastamiento de Hungría, ni el gran salto hacia adelante,
en el que decenas de millones de chinos se precipitaron al abismo del hambre, ni
el muro de Berlín, ni la Primavera de Praga, ni las excentricidades y las
demoliciones de Nicolae Ceaucescu. ¿Para eso servirían sus ideales, sus
innovaciones en el arte dramático? ¿Para la construcción de esos Estados
policiales, como el que, tal vez, lo mató? ¿Para eso sirvió el martirio de Rosa
Luxemburgo, de Karl Liebknecht? ¿Para eso sirven los sueños?
¿Vale la pena luchar por un mundo mejor, desarrollar
teorías, escribir? ¿Valen la pena las ideas? Los seres humanos son como las
harpías, que devoran todo lo que encuentran a su paso y lo que no pueden comer
lo cubren con sus excrementos. Lo están haciendo con los recursos de nuestro
planeta moribundo… y también lo hacen con los ideales de cualquier tipo. Yo
mismo, hace unos meses hablaba de amor y manifiestos, ahora he decidido
escribir para mí. Al final, lo más seguro es que sea apreciado
superficialmente, como hizo Bajtín con la obra de Gógol, reduciendo su ironía,
su malicia y su oscuridad a una risa de plazuela, de cómico populachero. Ya
estoy cansado y mi cansancio no es reparador ni creativo como predica Byung-Chul
Han, es el cansancio del hastío, del hartazgo, del que ha perdido la fe en las
personas, en los ideales, en los proyectos; es el cansancio de quien busca a
Dios y arriba solo ve un cielo cubierto de suciedad, el cansancio de quien
tiene que pasar la mayor parte de su vida en la zona financiera de la ciudad,
entre el humo de los autos y el olor del escape de los retretes de enormes
edificios, en medio de gente con traje y corbata que solo piensa en hacer
dinero. Es el cansancio del que amaba con todo el corazón, del que se vestía de
negro para diluirse en la belleza de un mundo oscuro que traería algo de poesía
a nuestra ciudad. Ya ni eso me importa. No veo, no escucho, uso los audífonos
cada vez más, hablo cada vez menos.
Muertos los sueños, solo me queda estar a un lado
del camino para ver caer las ilusiones de los demás, para ver las lágrimas en
otros rostros con un gesto brechtiano de burla. Estoy sentado, contemplando
desde afuera el espectáculo de la degradación humana. Ya pasó la época de la
lucha, del amor y el buen corazón. No sirven. Por mí, que se mueran todos.