lunes, 21 de enero de 2019

EL ESPEJO NÚMERO CIEN



UNO
Era una agitación inusual para un domingo en aquel pasillo del hospital más grande de la ciudad. Entre toda la gente que se encontraba en el enorme edificio destacaba un grupo de personas elegantemente vestidas y con rostros de honda preocupación.
-          Parte del trabajo era convivir con este riesgo – decía alguno.
-          Fue la duda – decía otro - . En el momento en que ya tenía todo resuelto, dudó… y eso originó todo.
-          No entiendo… había hecho eso tantas veces… Noventa y nueve veces… Nada menos… Justo ahora, en el que iba a ser su mejor momento…
Un médico salió de una de las puertas. Antes de que alguien pudiera preguntar algo se dirigió al ansioso grupo que se apresuraba a rodearlo.
-          Señores. Me temo que no hay nada que podamos hacer. Le quedan muy pocos minutos de vida.
-          ¿Y si lo trasladamos a otro lugar?
-          Moriría en el trayecto. Solo puedo pedirles que lo acompañen y lo reconforten en sus últimos momentos. Me parece que lo necesita.
-          Entonces, ¿está consciente?
-          No lo sé. Sus ojos están cerrados, no sé si puede escuchar; pero murmura, no sé qué murmura. Y se revuelve en el lecho.
-          ¿No será de dolor?
-          Más que de dolor, parece que es algún pensamiento que lo angustia. Solo les pediría que pasen a acompañarlo. Con mucho orden, por favor.
El grupo rodeó el lecho. Las mujeres lloraban en silencio. El Padre Abregú puso una mano sobre la frente del herido y empezó a murmurar una oración. Caía la tarde. Los resplandores anaranjados del sol se filtraban por las ventanas de los tétricos pasillos del hospital.


DOS
Tendría unos once años. Regresaba a casa después de haber vendido una de las cometas que hacía y que gustaban tanto a los chicos de los alrededores. Para ahorrar tiempo y llegar más rápido a hacer sus tareas, resolvió atravesar el descampado que en aquel entonces existía cerca de su casa y que se extendía casi hasta perderse de vista, interrumpiéndose de cuando en cuando por pequeños jardines, árboles y algunas matas de follaje espeso.
Se encontraba más o menos a la mitad del camino cuando escuchó un débil sonido. Al principio no le dio mucha importancia, solo dirigió la mirada hacia el lugar de donde le había parecido que este llegaba y se dispuso a seguir caminando, pero el sonido se hizo más nítido, más insistente. Era, sin duda, el maullido de un gato pequeño. Miró con más atención. Buscó por todas partes, pero no vio nada, a pesar de que parecía que el animalito lloraba a su mismo costado. Las luces de los postes se encendieron. Gracias a ellas, el niño pudo descubrir al gato en las ramas más altas de un árbol, donde quizás había encontrado un refugio contra el ataque de unos perros.
Se sacó la casaca. Trepó al árbol, y, con gran riesgo de caerse, descendió con el gatito en brazos. Tenía alrededor de unos tres meses. Era blanco, con unas manchas grises en el lomo y la cabeza. Lo llevó a casa y le dio un plato de leche. “Te llamaré Cometa”, le dijo. Le preparó una camita en una caja de madera a la que rellenó con retazos de frazadas viejas.
El niño no pudo evitar que los maullidos del pequeño Cometa llegaran a oídos de la esposa de su padre, que lo despertó apenas despuntó la madrugada. “Llévate de aquí a ese animal repugnante. Ahora mismo lo devuelves a la calle.” Por suerte era sábado. Echó mano de toda su habilidad y dedicó el día entero a adaptar la camita en algún lugar del descampado, de modo que se encontrara a salvo de la garúa y fuera del alcance de los perros.
Así nació esa amistad que trajo algo de luz a los días de su niñez de huérfano. Reservaba todos los días un poco de su comida para el gatito. Cuando ganaba un poco de dinero, podía llevarle algo adicional, como leche o pescado en conserva. Cometa era su mejor compañero de juegos y el único que pudo escuchar todas aquellas cosas que el niño no tenía nadie más a quién contar; sobre el colegio, sobre la esposa de su padre, sobre los muy pocos recuerdos que tuvo de su mamá…
Hubo momentos de gran alegría, como cuando encontró una pelota de tenis. Era muy divertido ver los saltos del gatito para quedarse con ella, como si se tratara de un agilísimo arquero de fútbol; o quizás, el día más feliz de la vida del chiquillo, cuando tras mucho tiempo de ahorrar, llevó a Cometa al consultorio del veterinario para que recibiera su vacuna. En casa, mientras hacía las tareas, de rato en rato, miraba la cartilla, con la fecha de vacunación y el nombre: “Cometa”. Su pequeño amigo crecía sano y fuerte. Así pasaron varios meses.
Un día, el niño demoró un poco más de lo habitual. Las tareas del colegio habían estado especialmente difíciles. Cuando terminó de hacerlas, salió a buscar al gato. Por el camino, compró una lata de conserva. “Es un gato fuerte, va a ser todo un reto” dijo una voz en medio del descampado. Cuando el chico llegó, vio que una pandilla de gamberros tenía atrapado a Cometa. El jefe de la banda, le arrojó una navaja a uno de ellos. “Si quieres ser parte del grupo, tienes que matar al gato. Pero quiero ver sufrimiento, quiero ver si eres capaz de hacer todo lo que te digamos, sin piedad”. El niño trató de defender a su amigo, pero sus infantiles fuerzas no pudieron hacer nada contra el grupo de delincuentes. Dos de ellos lo atraparon por los brazos y lo obligaron a presenciar todo el ensañamiento con el que mutilaron al pequeño animal durante mucho tiempo. A pesar de sus gritos, nadie acudió. Cometa luchó por su vida con bravura y dignidad. Al final, el “iniciado” cortó la cabeza del animalito y la arrojó a los pies del niño.
Los gamberros se fueron, celebrando su hazaña a grandes voces y bebiendo sorbos de una botella de licor, que pasaba de mano en mano. El niño quedó solo con el cadáver de su amigo. Depositó el cuerpecito inerte en la camita y lo enterró junto a su pelotita de tenis y su cartilla de vacunación. Una cruz de carrizo con el nombre “Cometa” permaneció durante mucho tiempo en el descampado, mientras este existió.
  

TRES
Durante mucho tiempo, el único pálido consuelo que el niño encontró fue que su amigo había luchado con valor. Que no se rindió nunca. Recordó la mirada de ferocidad en el rostro de Cometa cuando acertó a dar un poderoso zarpazo en la cara de uno de sus atacantes.
Con los años, cerró la herida recubriéndose de frialdad e insensibilidad. Parecía haberlo logrado, él lo creía así, hasta ese día en que el niño, ya convertido en hombre, se hallaba ante el toro número cien de su carrera. El que lo llevaría a estar en el grupo de los grandes toreros de la historia. Había hecho su mejor faena, a decir de los expertos. Era el momento de la estocada final. Se preparó. Se deslizó con ese estilo que le era tan característico pero vio, en los ojos del toro, la misma mirada de Cometa, enfrentándose a los delincuentes. Dudó. Erró la estocada y recibió una cornada, de lleno, en medio del abdomen. Mientras perdía el conocimiento, en un destello de lucidez vio a la cuadrilla rodear al toro y terminar con su vida. No pudo ver más.
El torero vio ante sí cien espejos. En todos ellos se vio como un gamberro con traje de luces y espada de matador. En todos ellos vio a sus pies a Cometa, muerto por su mano y, detrás, al mundo de los aficionados taurinos entregándole el premio reservado para los toreros caídos en el noble arte de la tortura, diciéndole que lo aceptaban en el grupo de los más gloriosos asesinos de la arena. Lanzó el premio al suelo. Con rabia. Que se hiciera mil pedazos. Hubiera dado cualquier cosa por volver a ser ese niño capaz de rescatar a un gatito abandonado, de hacerle una casita, de ahorrar durante mucho tiempo para  llevarlo a vacunar.
 “Perdóname Cometa”, lo escucharon decir las personas que se encontraban alrededor de su lecho. Se vio una vez más, en el descampado. Vio al pequeño gato con el mismo aspecto de cuando lo encontró. El hombre lo tomó en sus brazos. Ambos escucharon un ruido entre la maleza, alguien más se asomó; porque unos años atrás, en un pueblo de la sierra, un niño también le había puesto de nombre Cometa a un vivaracho y cariñoso becerro, el toro número cien… que se unió a sus dos amigos con esa bondad infinita de la que solo son capaces los animales. Los tres caminaron juntos por el descampado hasta perderse de vista.
El hombre murió con una sonrisa de niño en el rostro. Sé que descansa en paz.