Primera muerte de María es un ejemplo perfecto de novela escrita
por un poeta. Tiene la estructura de un poema largo, en el que los inmensos
temas del amor, la muerte, la desilusión, la tristeza e incluso la vida del
autor se enhebran más por los sentimientos involucrados que por una secuencia
narrativa.
Un aspecto muy importante de la
novela está relacionado con la construcción de los personajes, en especial, el
de María Magdalena Pacheco, escindida entre las personalidades de la tierna María
que recorre el camino de sus sucesivas historias de amor y Lady Ciclotrón, que
se convierte en un acelerador de partículas mientras danza en un club nocturno
acariciada por la voz de Frank Sinatra. En esta última faceta, se trata de una
mujer dura, llena de asco por los hombres que contemplan su acto de desnudismo
con la esperanza de poseer su cuerpo, por lo menos con los ojos. En esta María
se mezclan la frustración por tener que dedicarse a este acto y el natural
desprecio de las mujeres por los hombres entregados y suplicantes. Es esta
escisión la que hace que el personaje adquiera esa carga de misterio y oscuridad
que marca de forma determinante el transcurrir de la novela. En general, los
personajes cargan sobre sus hombros frustraciones, dolores y derrotas que,
lejos de apagarse, se amplían en sus almas conforme pasa el tiempo. Son
personajes marcados por un signo trágico, como si fueran elementos
infinitesimales arrastrados por el devenir hacia la decadencia del país entero
con que se inicia la novela.
También se nota este aliento
propio de la poesía en la simbología relacionada con los colores: El morado se
apodera de las prendas que cubren la mítica desnudez de Lady Ciclotrón, de la
espiritualidad tradicional, de la sangre en el momento de la muerte de María,
de la atmósfera bajo la que se desarrolla toda la novela. Otro ente impregnado
con símbolos es el mar: proveedor de vida, pero también causante de la muerte;
el mar al que el destino de los personajes está inevitablemente ligado.
El elemento relacionado con las
páginas de diarios del autor, en las que revela algunos aspectos propios del
proceso creativo permite un acercamiento a todos los motivos que lo impulsaron
a escribir cada parte de la novela, a contar la historia de cada personaje, a
hablar de algún aspecto que lo haya conmovido especialmente. Gracias a estas
líneas pudimos conocer que, en buena parte, el leitmotiv de J.E. Eielson fue
escribir una historia emparentada con la costa peruana. Es una manera de
impregnar la historia con esa carga vivencial y de esa manera, convertir al
creador en un ser mucho más próximo. De acuerdo con John Gardner, el riesgo de
la inserción de elementos metaliterarios es que «interrumpen el sueño de la
ficción»[1],
pero en este caso la interrupción no se da por entero debido a que también las
páginas insertadas, a pesar de estar escritas con un lenguaje diferente,
mantienen la melancólica atmósfera de la historia.
Terminaré esta reseña refiriéndome a los aspectos relacionados con el sexo y el amor. Por momentos, el
sexo es tratado en la novela con ribetes de visceralidad, sin que esto
signifique necesariamente alguna carga de violencia: «hubiera querido adorar
sus intestinos, abrazar y besar sus riñones, su hígado, su corazón, sus
pulmones» (p. 68), sino que toma más bien el camino de las otras dimensiones
del amor en todas las historias de esta novela: Amores trágicos, oscuros;
amores que quieren sanar y hieren; amores que atrapan a la víctima hasta que
termina destruida, como si tuvieran la forma de la trampa de una hormiga león.
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