lunes, 1 de junio de 2015

Artículo desde el hígado: Para empezar el camino


Una pregunta que siempre suele hacerse a una persona con algún texto literario publicado es ¿Qué me recomiendas para empezar a escribir? Muchas personas; en especial, gente muy joven, me han hecho esta pregunta. Me parece que es el momento adecuado para escribir sobre este tema y aprovechar la ventaja que me da el texto escrito en cuanto a la posibilidad de extenderme, lo cual es muy difícil en una conversación (peor aún, en un chat). Aquí van los tres consejos básicos que puedo dar, sobre la base de mis propias observación y experiencia.

PRIMERO: CREE EN LO QUE ESTÁS HACIENDO

Por si acaso, creer en lo que estás haciendo no significa que tu obra es la última limonada con hielo del desierto de Sechura; ni que eres un poderoso ser superior y autosuficiente, y como tal, no necesitas estudiar, releer, corregir o escuchar opiniones y críticas. Una cosa es creer en lo que haces; otra, muy diferente, es ser estúpido.

Lo primero que recomiendo a una persona que se enfrenta a una hoja en blanco es: ANTES DE EMPEZAR, ASEGÚRATE DE ESTAR CONVENCIDO DE QUE ESCRIBIR VALE LA PENA. Lo que tienes por delante es una gran aventura. Te internarás en mundos nuevos y desconocidos, en los que llegarás hasta donde tú quieras. Tú pones los límites, la profundidad y la elevación. Tienes a tu disposición los rostros, las palabras, los paisajes, los colores, las luces y las sombras en ese universo creativo.  Así como suena. Pues bien, déjame decirte que eso tiene un precio: Mucho trabajo. Mucho trabajo solitario e incomprendido. Quiero que te fijes en esa última palabra: Incomprendido.

Déjame decirte una cosa. Mientras no tenga, por lo menos, una carátula, código ISBN y alguna cantidad de copias en unas cuantas librerías, eso que estás haciendo sólo te importa a ti. A nadie más. Ni a tu familia, ni a tu pareja, ni a tus amigos (excepto, quizás, los que también escriben) ni, por supuesto, a las personas con quienes trabajas. Aún peor, te lo podría jurar: ellos hasta preferirían que no escribieras. Imagínate: Vas a pasar menos tiempo con tu pareja porque dedicarás muy buena parte de tu tiempo libre a sentarte ante un cuaderno o una computadora a realizar una actividad solitaria, dudosamente redituable y que no podrá explicar a otras personas. Tus padres te van a machacar que dediques ese tiempo “que estás perdiendo en fantasías” a estudiar un diplomado en cualquier rama de las ciencias administrativas o que en vez de ir al Jirón Quilca a comprar cuatro libros sobre la Revolución Industrial y la navegación en el Siglo XIX, vayas a un centro comercial y te compres un terno nuevo, con tarjeta de crédito y a varias cuotas. Tus hermanos se preguntarán qué demonios haces en esa computadora y por qué no ayudas a lavar los platos. En el trabajo la cosa está todavía más complicada. Cuando tienes el típico empleo en oficina con horario completo, vestimenta formal y toda la cosa, si sales con la enflautada de que escribes te van a ver muy raro. Lo más seguro es que te considerarán alguien poco realista, que no está totalmente concentrado en el trabajo y que es preferible no promover y tratar de lejos, porque un tipo que tiene bajo el brazo “El Extranjero” de Camus o “La Guerra y la Paz” de Tolstoi, en vez del diario Gestión o algún “buen” libro de autoayuda, hasta podría ser un peligroso representante de la izquierda caviar (Así piensa la gente en las oficinas. De verdad. A propósito, por si no tengo otro espacio dónde decirlo, yo recomiendo no mencionar la literatura en el trabajo por nada del mundo. Mira unos cuantos partidos de fútbol, aprende tres o cuatro frases de algún programa concurso de la televisión; unas palabrejas del tipo “management”, “benchmarking”, “outsourcing” y listo, habla de eso con la gente de la oficina. Caerás mejor, te considerarán un tipo serio y responsable, y tendrás más posibilidades de que te dejen en paz).

Estar convencido de que escribir es algo valioso e importante evitará que seas arrastrado por la corriente que se dirige hacia los placeres inmediatos ofrecidos por tu zona de confort. Es lo que te hará trabajar y trabajar, hasta que las palabras lleguen a estar lo más cerca posible de transmitir lo que realmente quieres transmitir. Es lo que te hará releer tu borrador, no siete veces, sino setenta veces siete. Es lo que te dará la humildad necesaria para no creerte superior a nadie. Es lo que te hará estudiar con dedicación los temas relacionados con tu obra. Es lo que te hará rehacer todo desde el principio, en vez de abandonar, si algún amigo advierte errores graves en lo que estás escribiendo; incluso si remata el juicio con la frase “dedícate a otra cosa”. Si tu obra es importante, sólo entonces tendrás la energía suficiente para perseverar. Pase lo que pase.

SEGUNDO: CULTIVA BUENOS HÁBITOS DE VIDA

Es un poco difícil hablar de este tema sin sonar como profesor de escuela primaria dando un sermón a unos niños pequeños en la clase de Orientación y Bienestar del Educando, pero esto es verdad. El tiempo es el recurso más escaso que tenemos. Y no sólo escaso, sino irrecuperable: Una hora perdida buscando un documento que no sabes dónde ha ido a parar, tres horas enterándote de asuntos sin importancia y teniendo conversaciones intrascendentes en las redes sociales; una hora más, despertándote muy tarde un fin de semana; otra más, realizando una labor ajena o evitable por no saber decir que no;  y dos más, divagando entre todas las cosas que tienes que hacer… no sé si te has dado cuenta, son ocho horas: UNA JORNADA LABORAL COMPLETA QUE SE HA ESFUMADO SIN REMEDIO. Repito: SIN REMEDIO.

Por lo general, quienes estamos iniciando nuestra aventura literaria, no nos dedicamos a escribir a tiempo completo (y cuando digo escribir, me refiero también a todas las actividades relacionadas). Trabajamos, estudiamos, tenemos familiares, vida social; pareja, en el mejor de los casos. Tenemos que repartir el tiempo entre muchas cosas a lo largo del día, y además, escribimos. La impuntualidad, el desorden, la procastrinación (ese estúpido arte de dejar para mañana lo que puedes hacer hoy), son crímenes contra la creación literaria.  Y el problema no es sólo el retraso; es muy posible que debido al paso del tiempo, se pierda también el enfoque original de la obra (cuento, novela, poesía, lo que quieras), el cual es muy difícil de recuperar. Además, uno no sabe qué cosa puede suceder en un futuro próximo y cómo lo afectará. Es posible que las condiciones que hoy te permiten escribir con cierta comodidad y que estás desaprovechando por culpa de tus malas costumbres, desaparezcan y surjan temas urgentes a los que deberás atender de todas maneras (un viaje inesperado, un familiar enfermo, un importante proyecto laboral, ¿quién tiene el futuro comprado?).

Una buena recomendación para enfrentar esos hábitos que afectan la labor literaria es adoptar reglas para apegarse a buenas prácticas de vida. Yo tengo especial predilección por el Decálogo del Desarrollo, escrito hace muchos años por Octavio Mavila. Creo que todos hemos visto este pequeño conjunto de reglas en los periódicos murales de nuestros salones de colegio, en las contratapas de los cuadernos escolares, en las salas de espera, publicado por algún amigo en las redes sociales, qué sé yo dónde más…

1.- Orden
2.- Limpieza.
3.- Puntualidad.
4.- Responsabilidad.
5.- Deseo de superación.
6.- Honradez.
7.- Respeto al derecho de los demás.
8.- Respeto a la ley y a los reglamentos.
9.- Amor al trabajo.
10.- Afán por el ahorro y la inversión

Estas reglas tan sencillas de enunciar, como difíciles de seguir, potenciarán de forma significativa nuestra producción literaria. Todo esto puede sonar un poco ñoño y alejado de esa actitud rebelde e inconforme que te impulsó a escribir, pero es el camino más seguro para lograr tus objetivos literarios mientras disfrutas del proceso creativo. Yo mismo ya he impreso el Decálogo del Desarrollo. Lo voy a pegar en la pared.

TERCERO: LEER, LEER Y LEER...

Creo que este punto es algo así como una verdad de Perogrullo y Calaínos. Leer no sólo te ayudará a conocer técnicas nuevas y mejorar tu lenguaje. Si te propones escribir, debes cultivar no sólo el hábito, sino la necesidad de leer. Dejar de hacerlo es cortar el vital flujo de savia a las entrañas de tu mundo creativo, es dejarlo resecarse y morir sobre el agrietado suelo del desierto. Es casi seguro que tu interés por escribir haya nacido de tu pasión lectora. No debes interrumpir este proceso. Por nada del mundo.

Ahora, sobre qué leer. Yo recomiendo hacer un plan de lectura y cumplirlo en la medida de lo posible (tampoco a rajatabla; considéralo una línea guía, no una imposición).  Como es lógico, ese plan debe incluir todos los textos necesarios para documentarte sobre el tema del que estás escribiendo, pero también recomiendo incluir libros de ficción (de todos los géneros, no sólo el / los que cultivas), filosofía (sí, también debes empezar a leer a Aristóteles, Kant, Hegel, Carlitos Marx, Kierkegaard y todos esos chicos rudos que escriben esas cosas tan difíciles e inspiran tanto miedo) y buenos libros de técnicas literarias (un buen ejemplo, para quienes quieren cultivar la narrativa, es “El arte de escribir novelas” de John Gardner).

En cuanto a la ficción, lee lo que quieras. Así como suena, lo que quieras. No lo tomes como lo que debes leer para pasar el curso de literatura. Lee lo que disfrutas leer. Deja lo que se te hace pesado, aún no ha llegado el momento para tu encuentro con ese libro. Hay una excepción: Si no has leído El Quijote, Hamlet, La Divina Comedia y Los Miserables, pues, mete tu plan de lectura en la refrigeradora y no lo saques de ahí hasta que hayas terminado de leer y aprehender todos y cada uno de esos libros. Es más, deja lo que estés escribiendo y siéntate a leerlos. Este punto no es negociable. Por supuesto que me refiero a la obra completa, no a esos infames resúmenes que venden en los paraderos de bus y las papelerías de barrio. Por lo demás (y éste es un tema muy subjetivo), si no sabes por dónde empezar a leer (además de los cuatro títulos indicados arriba), una sugerencia que siempre doy es empezar por los escritores españoles del Siglo XIX e inicios del Siglo XX (Larra, Azorín, Pérez Galdós, Antonio Machado, Pío Baroja, Clarín, Unamuno, Fernán Caballero y varios más), ellos tenían un excelente manejo del lenguaje, son ejemplos de claridad y belleza literaria, y han escrito muchos de los títulos más entrañables en nuestro idioma. En mi opinión, es el mejor punto de partida.


Bueno. Este artículo me ha resultado más largo de lo que esperaba, pero creo que ha sido necesario. Quiero terminar agradeciéndote por la paciencia. Espero haber contribuido de alguna forma a despejar tus dudas acerca de cómo iniciar el camino. Éxitos.

EL POBRECITO HABLADOR

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